Por ti lo haría mil veces

Una de mis mayores aficiones es la lectura, pero no soy de las que tratan a los libros como objetos sagrados; de hecho, considero que deb...


Una de mis mayores aficiones es la lectura, pero no soy de las que tratan a los libros como objetos sagrados; de hecho, considero que deben estar sucios, estropeados y subrayados, porque eso indica que están "vividos". Y, aunque sé que a mucha gente le parece prácticamente un sacrilegio hacerlo, debo confesar que me encanta señalar las páginas en las que aparece alguna frase que me ha gustado especialmente.

He aquí, por cierto, un fragmento muy tierno de un libro que me encantó y me parece una lectura muy recomendable para vacaciones, Cometas en el cielo, de Khaled Hosseini:
En Afganistán, yelda es el nombre que recibe la primera noche del mes de Jadi, la primera del invierno y la más larga del año. Siguiendo la tradición, Hassan y yo nos quedábamos levantados hasta tarde, con los pies ocultos bajo el kursi, mientras Alí arrojaba pieles de manzana a la estufa y nos contaba antiguos cuentos de sultanes y ladrones para pasar la más larga de las noches. Gracias a Alí conocí la tradición de yelda, en la que las mariposas nocturnas, acosadas, se arrojaban a las llamas de las velas y los lobos subían a las montañas en busca de sol. Allí aseguraban que si la noche de yelda comías sandía, no pasabas sed durante el verano. 
Cuando me hice mayor, leí en mis libros de poesía que yelda era la noche sin estrellas en la que los amantes atormentados se mantenían en vela, soportando la noche interminable, esperando que saliese el sol y con él la llegada de su ser amado. Después de conocer a Soraya Taheri, para mí todas las noches de la semana se convirtieron en yelda. Y cuando llegaba la mañana del domingo, me levantaba de la cama con la cara y los ojos castaños de Soraya Taheri en mi mente. En el autobús de Baba, contaba los kilómetros que faltaban para verla sentada, descalza, vaciando cajas de cartón llenas de enciclopedias amarillentas, con sus blancos talones contrastando con el asfalto y los brazaletes de plata tintineando en sus frágiles muñecas. Pensaba en la sombra que su melena proyectaba en el suelo cuando se separaba de su espalda, por la que caía como una cortina de terciopelo. Soraya. Princesa encontrada en un mercadillo. El sol de la mañana de mi yelda.

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