Ana

El 25 de febrero ingresaron en este mismo hospital a una conocida. Apendicitis. Llevaba toda la ma...

El 25 de febrero ingresaron en este mismo hospital a una conocida. Apendicitis. Llevaba toda la mañana diciendo que le dolía la barriga, hasta que se desmayó. Cuando llegué, ya había salido del quirófano y estaba consciente. El médico bromeaba: “chica, creo que de todos los que han venido a verte eres la que tiene mejor cara”. Es verdad, pensé, todo ha salido bien.

Parecía que la marea de amigos y familiares que iba y venía de la habitación 356 no pararía nunca. “Ahora vuelvo”, le dije a mi amiga, salí del hospital y caminé un poco desorientada buscando una floristería.
La mujer parecía serena, quizás demasiado serena. Abrió su bolso muy despacito, como a cámara lenta, sacó un cigarrillo y lo encendió. Fumaba saboreando cada calada. No me atreví a explicarle que en los hospitales no se puede fumar.
Usted ya sabe que en el casco antiguo los teléfonos apenas tienen cobertura, supongo que alguien debería hacer algo, ¿no le parece?
Intentó sonreírme, pero su mirada estaba vacía. Parecía una persona hueca.
Por eso respondí a la llamada, pero no escuché nada. “No te escucho, Ana, no tengo cobertura, ahora te llamo”. Y colgué.
Tiró el cigarrillo y lo pisó para apagarlo. Inmediatamente encendió otro. Aspiró profundamente y, al exhalar, llenó el habitáculo de una espesa capa de humo.
Seguí caminando. Después de unos minutos, el teléfono volvió a sonar. Me metí en un portón entreabierto, para evitar el viento y el ruido de los coches. “¿Ana? ¿Me escuchas?”. Su voz entrecortada se escuchaba muy lejana. Parecía que estaba llorando. “¿Ana?”. No, no era su voz la que escuchaba entonces. Era una voz grave, una voz que me resultaba conocida, aunque no llegaba a identificar.
 A través del auricular se oyó un ruido sordo y, de fondo, el llanto de Ana. “¿Quién es?”. Pero no había respuesta. Supuse que el teléfono se había caído. A partir de entonces, sólo voces confusas, y su llanto desgarrador. Estaba paralizada. Sólo pude reaccionar cuando oí la sirena. No me atrevía a colgar el teléfono, así que, desesperada, entré en un bar y clamé porque alguien me dejara hacer una llamada. Una señora me preguntó qué pasaba, pero yo no podía hablar. Le arrebaté el móvil de las manos y marqué ese número que tan bien me sabía.
Parecía estar a punto de romperse. Intenté cogerle la mano izquierda, que jugueteaba un papel arrugado, pero la apartó bruscamente.
El guardia que respondió me explicó que no estaba sola, que cuando llegó la patrulla estaba con ella un hombre que decía conocerla. Me dijo que la había encontrado atada a un árbol, a la salida del pueblo, y que en ese momento la llevaban al ambulatorio.
Me imaginé el viaje de la mujer. Me la imaginé hecha un ovillo, en la parte trasera de un taxi. Intenté comprender la angustia que debió pasar durante aquellas dos horas que tardó en llegar al pueblo, sin saber qué había pasado o cómo estaba su hija.
Unos días después me llamó la abogada del Instituto de la Mujer para convencerme de que pusiera yo la denuncia. Me habló del programa de protección de testigos. Me dijo que ese monstruo que había apaleado a mi pequeña y la había abandonado medio muerta debía estar en la cárcel. Me lo pintó todo muy bonito: lo arrestarían y ella podría empezar una vida nueva con un nombre nuevo en una ciudad lejana. Supongo que en eso consiste su trabajo. Es muy fácil dar consejos cuando no es tu vida la que pende de un hilo, pero yo sabía que las cosas no son así. Todo esto había sido la consecuencia de la primera denuncia; no quise ni imaginarme cuál sería su reacción ante la segunda. Con lo buen chico que parecía al principio…
Mientras tanto, Ana se encerraba en ella misma. No quería salir de casa. No quería hablar con nadie. Lo peor es que se sentía culpable de la situación. La llamaba para amenazarla, le enumeraba mis pasos y los de su hermana, le advertía de que, si lo denunciaba, no volvería a vernos…
Una enfermera golpeó la puerta con los nudillos. La mujer pegó un respingo y preguntó con voz quebrada “¿puedo verla ya?”.

En cuanto salió, guardé el archivo y me quité la bata. Necesitaba desesperadamente salir de allí, olvidarme de todo y volver a casa con mi familia. Antes, me agaché para recoger las colillas y tirarlas para que nadie las viera. Fue entonces cuando encontré el papel arrugado que la mujer había estado retorciendo durante toda la tarde. En él, con letra temblorosa, habían escrito:
Por primera vez en mucho tiempo no tengo miedo. Por fin sé lo que tengo que hacer. Si consigue lo que quiere, os dejará tranquilas. Lo siento.

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5 COMENTARIOS

  1. Cuánta razón tienes...
    Gracias por compartir esta triste realidad, siempre hay que estar alerta ante el sufrimiento de los demás.

    Un beso,

    Anne.

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  2. Hay que andar con los ojos bien abiertos! Las mujeres no podemos consentir estas situaciones ni con nosotras ni con las otras! Hemos de estar unidas para acabar con esta lacra!
    Besos

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  3. Cuanta razón tienes!!! Por desgracia pasa más veces y ellas se sienten culpables y tienen miedo pero sabiendo que hay gente que les apoya ya sean familiares o amigos podrán seguir adelante y no perder las ganas de vivir ,sin temor...
    Un beso

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  4. Estoy con tus palabras! Está en nosotras mismas procurar que no suceda!! Alertando, denunciando...lo que sea, pero por dios, intentar evitarlo en la medida de lo posible. Gracias por compartirlo.
    Feliz semana.
    Besitos guapa.

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  5. El reflejo de una trista realidad que debe pasar a formar parte de un pasado para jamás ser recordado. Un bello relato para recordar a estas mujeres valientes que cada día mantienen una lucha constante en sus vidas y en sus corazones.
    Un besazo
    Palmira (Cosas de Palmichula)
    http://cosasdepalmichula.blogspot.com.es/

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